
¿Hay una burbuja de la IA o estamos ante una revolución? Hoy veremos si la realidad es una, la otra, o ninguna de las dos. Para que aprendáis a aplicar claves de gestión de inteligencia artificial en vuestros proyectos. ¡Vamos allá!
Como os decía, analizaremos claves importantes para vuestros proyectos y lo haremos con ejemplos reales, de proyectos lanzados.
Seguimos con la lista de vídeos en el canal de vanacco en Youtube. En esta ocasión es la lista donde hablamos de crowdfunding y de herramientas para emprender.
En este vídeo veremos el contenido del tutorial y ejemplos reales para aplicar claves a vuestros proyectos. ¡Vamos a ello!
Introducción: ¿Estamos listos para la IA?
Durante los últimos años, la inteligencia artificial ha pasado de ser una tecnología reservada para investigadores y grandes compañías a convertirse en el centro de prácticamente cualquier conversación sobre innovación. Da igual si hablamos de startups, pequeñas empresas, multinacionales o administraciones públicas: todas parecen querer incorporar la IA a sus procesos cuanto antes. Esta aceleración ha provocado que el concepto de burbuja de la IA aparezca cada vez con más frecuencia en medios de comunicación, conferencias y redes sociales. ¿Estamos ante una moda alimentada por el entusiasmo y la inversión desmedida o vivimos el comienzo de una revolución comparable a la llegada de Internet? Probablemente la respuesta no sea tan simple como elegir una de las dos opciones.
Cuando analizamos la historia de las grandes revoluciones tecnológicas descubrimos un patrón que se repite una y otra vez. La electricidad, el automóvil, Internet o los teléfonos inteligentes generaron enormes expectativas antes de transformar realmente la economía. En todos los casos hubo empresas que desaparecieron por intentar subirse demasiado deprisa al tren de la innovación y otras que fracasaron por ignorarlo durante demasiado tiempo. La diferencia nunca estuvo únicamente en la tecnología, sino en la capacidad de las organizaciones para cambiar su forma de trabajar. La burbuja de la IA puede entenderse precisamente desde esa perspectiva: no como una prueba de que la inteligencia artificial sea una mentira, sino como el reflejo de unas expectativas que avanzan mucho más rápido que la preparación de nuestra sociedad.
La verdadera pregunta, por tanto, no es si la inteligencia artificial cambiará el mundo, porque ya lo está haciendo. La cuestión es si empresas, profesionales y ciudadanos están preparados para aprovechar ese cambio de manera inteligente. En mi trabajo asesorando proyectos innovadores desde Vanacco y ayudando a lanzar iniciativas mediante crowdfunding, he comprobado que la mayoría de los problemas nunca son tecnológicos. Los emprendedores suelen pensar que necesitan una mejor herramienta cuando, en realidad, necesitan comprender mejor a sus clientes. Del mismo modo, la inteligencia artificial puede acelerar el desarrollo de un producto, automatizar procesos o reducir costes, pero jamás sustituirá la necesidad de validar una idea antes de invertir tiempo y dinero en ella. Esa diferencia será la que marque quién aprovecha la revolución y quién acaba atrapado en la burbuja.
La mayoría de empresas no están listas para adoptar la IA
Existe una creencia muy extendida según la cual basta con contratar una licencia de una herramienta de inteligencia artificial para convertirse automáticamente en una empresa innovadora. Sin embargo, la realidad suele ser muy distinta. La mayoría de las organizaciones continúan trabajando con procesos desordenados, información dispersa entre departamentos y una cultura empresarial que dificulta cualquier transformación profunda. En ese contexto, incorporar IA equivale a instalar un motor de Fórmula 1 en un coche cuyo chasis apenas puede soportar la velocidad. El problema no es la tecnología, sino la estructura sobre la que intentamos construirla.

Muchas empresas buscan automatizar tareas sin haber definido previamente cómo deberían realizarse esas tareas. La consecuencia es que la inteligencia artificial aprende sobre procesos ineficientes y acaba reproduciendo los mismos errores a mayor velocidad. Es parecido a digitalizar un archivo completamente desordenado: el caos sigue existiendo, solo que ahora es más rápido de consultar. Por eso resulta tan peligroso pensar que la IA resolverá automáticamente los problemas de productividad. Antes de automatizar, es necesario simplificar. Antes de delegar decisiones en una máquina, conviene entender por qué se toman esas decisiones y cuál es el valor que aportan.
Este mismo fenómeno aparece constantemente en proyectos emprendedores. Imaginemos un equipo que desarrolla una aplicación utilizando IA para generar planes de entrenamiento personalizados. Gracias a las nuevas herramientas pueden construir el producto en apenas unas semanas, algo impensable hace pocos años. Sin embargo, cuando llega el momento de lanzarlo descubren que nadie está dispuesto a pagar por él porque nunca validaron si existía una necesidad real. En un escenario así, plataformas como Ribele permiten comprobar el interés del mercado antes de invertir recursos en el desarrollo definitivo. La inteligencia artificial ha reducido enormemente el coste de crear productos, pero sigue siendo incapaz de reducir el coste de equivocarse de mercado. Esa es una lección que muchas empresas todavía no han aprendido.
El problema de los despidos por IA sin pensar a largo plazo
La aparición de herramientas de inteligencia artificial cada vez más capaces ha provocado que muchas empresas contemplen los despidos como una de las principales vías para rentabilizar su inversión tecnológica. Es un planteamiento comprensible desde una perspectiva financiera de corto plazo, ya que sustituir determinadas tareas repetitivas por sistemas automatizados puede reducir costes de forma inmediata. Sin embargo, esa visión suele olvidar una cuestión fundamental: las empresas no compiten únicamente por ser más eficientes, sino por generar más valor para sus clientes. Cuando la inteligencia artificial se utiliza exclusivamente para reducir plantilla, existe el riesgo de convertir una oportunidad de transformación en una simple operación de ahorro que limita el potencial futuro de la organización.
La historia demuestra que las grandes revoluciones tecnológicas no eliminan únicamente empleos, sino que modifican la naturaleza del trabajo. La mecanización transformó la agricultura, Internet reinventó el comercio y los teléfonos inteligentes cambiaron la forma en que nos relacionamos con las marcas. En todos esos casos desaparecieron determinadas funciones, pero surgieron muchas otras que antes ni siquiera existían. Con la IA ocurre exactamente lo mismo. Un profesional capaz de trabajar junto a la inteligencia artificial puede producir mucho más valor que otro que compita contra ella. La pregunta estratégica deja de ser “¿a quién podemos sustituir?” para convertirse en “¿qué puede conseguir nuestro equipo ahora que antes era imposible?”. Las empresas que comprendan esta diferencia utilizarán la IA para multiplicar el talento humano, mientras que las que solo persigan reducir costes correrán el riesgo de quedarse sin el conocimiento y la creatividad que las diferenciaban.
Esta reflexión resulta especialmente relevante para cualquier emprendedor que quiera lanzar un nuevo proyecto. Imaginemos una agencia especializada en marketing para pequeños comercios que decide despedir a la mayor parte de su equipo porque un conjunto de herramientas de IA ya puede redactar anuncios, generar imágenes o preparar calendarios editoriales. Durante unos meses los costes bajarán, pero también desaparecerá buena parte de la capacidad estratégica para comprender a cada cliente y diseñar campañas realmente diferenciales. Una alternativa mucho más inteligente consistiría en reinventar el modelo de negocio, aprovechando la IA para automatizar las tareas repetitivas mientras el equipo se centra en aportar creatividad, análisis y acompañamiento personalizado. Ese tipo de transformación podría validarse perfectamente en Ribele antes de realizar la inversión necesaria, comprobando si existe una comunidad dispuesta a apostar por una agencia que ofrece mucho más que simples contenidos generados automáticamente.
Tapar con IA los problemas reales de las empresas
Cada revolución tecnológica trae consigo una tentación muy peligrosa: utilizar la innovación como una forma de evitar conversaciones incómodas. En la actualidad, muchas empresas hablan constantemente de inteligencia artificial cuando, en realidad, sus principales problemas tienen poco que ver con la tecnología. Falta de liderazgo, procesos mal definidos, una propuesta de valor poco diferenciada o una escasa orientación al cliente siguen siendo obstáculos mucho más importantes que la ausencia de herramientas basadas en IA. Sin embargo, resulta mucho más sencillo anunciar un ambicioso plan de transformación digital que reconocer públicamente que el modelo de negocio necesita replantearse desde sus cimientos.

La burbuja de la IA también se alimenta de esta tendencia a utilizar la inteligencia artificial como una solución universal. Si las ventas caen, se implanta una herramienta de IA. Si los clientes abandonan el servicio, se incorpora un chatbot. Si el equipo pierde motivación, se automatizan procesos. En demasiadas ocasiones la tecnología se convierte en un parche que oculta temporalmente los síntomas sin resolver las causas profundas del problema. Es parecido a pintar una fachada deteriorada sin reparar primero la estructura del edificio. Durante un tiempo todo parece funcionar mejor, pero tarde o temprano las grietas vuelven a aparecer porque nunca desaparecieron realmente.
He visto situaciones similares en numerosos proyectos emprendedores. Algunos equipos llegan convencidos de que necesitan desarrollar una aplicación con inteligencia artificial porque es lo que demanda el mercado. Sin embargo, cuando profundizamos en la idea descubrimos que el verdadero reto consiste en entender quién es su cliente, qué necesidad concreta pretende resolver o por qué alguien debería elegir su solución frente a la competencia. La tecnología pasa entonces a ocupar el lugar que le corresponde: una herramienta al servicio de una estrategia, no la estrategia en sí misma. Precisamente por eso, validar una propuesta en Ribele antes de construir el producto permite detectar estos problemas desde el principio, evitando que la inteligencia artificial se convierta en una costosa cortina de humo que oculte la ausencia de una verdadera propuesta de valor.
¿Quién vigila al vigilante? Mala supervisión de la IA
Uno de los mayores riesgos de la inteligencia artificial no reside en que cometa errores, sino en que los seres humanos dejemos de cuestionar sus respuestas. Cuanto más sofisticados son los modelos de IA, mayor es la tentación de asumir que sus recomendaciones son objetivas, precisas y prácticamente infalibles. Sin embargo, la realidad es muy diferente. La inteligencia artificial no comprende el mundo como lo hace una persona, sino que identifica patrones estadísticos a partir de enormes cantidades de información. Puede redactar un informe brillante, elaborar un análisis convincente o proponer una estrategia aparentemente impecable y, aun así, basarse en datos incompletos, interpretaciones erróneas o afirmaciones completamente inventadas. El verdadero problema comienza cuando dejamos de supervisarla porque asumimos que “la máquina sabrá más que nosotros”.
Esta situación resulta especialmente preocupante en las empresas. Muchas organizaciones están incorporando sistemas de IA para seleccionar candidatos, evaluar riesgos financieros, analizar contratos, responder consultas de clientes o incluso tomar decisiones estratégicas. Si los responsables dejan de revisar críticamente esas recomendaciones, la empresa puede terminar automatizando errores a gran escala. Paradójicamente, cuanto más eficiente sea la inteligencia artificial, más importante será el papel del criterio humano. La supervisión dejará de consistir en realizar tareas repetitivas para centrarse en formular mejores preguntas, detectar incoherencias, interpretar contextos y asumir la responsabilidad final de cada decisión. En el futuro, probablemente no serán sustituidos los profesionales que utilizan la IA, sino aquellos que sean incapaces de supervisarla adecuadamente.
Este cambio también afecta de lleno al ecosistema emprendedor. Pensemos en una startup que desarrolla una plataforma de asesoramiento financiero completamente automatizada mediante inteligencia artificial. El equipo puede sentirse tentado a confiar plenamente en el algoritmo porque obtiene resultados muy precisos durante las primeras pruebas. Sin embargo, basta con que cambie el contexto económico o aparezcan situaciones excepcionales para que el sistema empiece a ofrecer recomendaciones equivocadas con una enorme seguridad aparente. Una comunidad de usuarios implicada desde las primeras fases del proyecto, como la que puede construirse alrededor de un lanzamiento en Ribele, actúa precisamente como un mecanismo de supervisión colectiva. Los primeros usuarios no solo ayudan a financiar una idea, sino que aportan contexto, detectan errores, cuestionan supuestos y mejoran el producto antes de que llegue al gran mercado. La inteligencia artificial puede acelerar el aprendizaje, pero sigue necesitando personas capaces de validar ese aprendizaje.
La IA cambia el mundo… ¿para que todo siga igual?
Cada nueva tecnología promete transformar por completo nuestra manera de trabajar, consumir y relacionarnos. Sin embargo, la historia demuestra que muchas innovaciones terminan utilizándose únicamente para hacer un poco más eficientes los mismos modelos de negocio de siempre. Durante los primeros años de Internet, numerosas empresas se limitaron a trasladar sus catálogos en papel a una página web sin replantearse la experiencia del cliente. Más tarde, muchas organizaciones crearon aplicaciones móviles que no eran más que versiones reducidas de su sitio web. Hoy corremos el riesgo de repetir exactamente el mismo error con la inteligencia artificial: utilizar una tecnología revolucionaria para mantener intactas estructuras empresariales que ya estaban agotadas.
Este fenómeno explica parte de la actual burbuja de la IA. Se anuncian asistentes inteligentes, herramientas capaces de generar contenido en segundos o sistemas que automatizan miles de tareas, pero en muchas ocasiones el resultado final apenas cambia la experiencia del usuario. La empresa continúa vendiendo los mismos productos, atendiendo del mismo modo a sus clientes y compitiendo únicamente por precio. La inteligencia artificial se convierte entonces en un acelerador de procesos existentes, cuando su verdadero potencial consiste en permitir modelos completamente nuevos. La revolución no está en escribir un correo electrónico diez veces más rápido, sino en preguntarse si ese correo debería existir. No está en crear campañas de marketing en unos minutos, sino en descubrir nuevas formas de conectar con comunidades que antes resultaban imposibles de construir.
Esta diferencia es especialmente evidente cuando hablamos de emprendimiento. Imaginemos dos proyectos que utilizan inteligencia artificial para ayudar a los consumidores a elegir productos sostenibles. El primero se limita a crear un chatbot que responde preguntas sobre artículos ya existentes. El segundo aprovecha la IA para analizar las necesidades de los usuarios, detectar oportunidades de mercado y lanzar nuevos productos junto a una comunidad que participa desde el primer momento en su diseño, validación y financiación mediante Ribele. Ambos utilizan inteligencia artificial, pero solo uno ha transformado realmente la forma de innovar. La tecnología es la misma; lo que cambia es la estrategia. Esa es la diferencia entre utilizar la IA como un simple complemento o convertirla en el motor de un nuevo modelo de negocio.
La burbuja de la IA
Hablar de la burbuja de la IA no significa afirmar que la inteligencia artificial sea una moda pasajera o que vaya a desaparecer en pocos años. Significa reconocer que alrededor de esta tecnología se están generando expectativas, inversiones y valoraciones económicas que, en algunos casos, avanzan mucho más deprisa que la capacidad real de las empresas para obtener beneficios sostenibles gracias a ella. Cada vez que aparece una revolución tecnológica, el entusiasmo inicial suele provocar que cualquier proyecto relacionado con la innovación reciba una atención desproporcionada. Los inversores buscan no quedarse fuera de la próxima gran oportunidad, los medios multiplican las noticias sobre nuevos avances y muchas compañías sienten la presión de incorporar la última tendencia para no parecer obsoletas. Todo ello alimenta un círculo de expectativas que puede crecer mucho más rápido que la adopción efectiva.

La historia económica está llena de episodios similares. La fiebre del ferrocarril, la burbuja de las empresas puntocom o incluso el auge inicial de las criptomonedas muestran cómo una tecnología con un enorme potencial puede convivir con una etapa de sobrevaloración. Cuando la realidad no alcanza las expectativas creadas, muchas empresas desaparecen, numerosos inversores pierden dinero y buena parte del mercado interpreta erróneamente que la tecnología ha fracasado. Sin embargo, suele ocurrir justo lo contrario. Tras el estallido de la burbuja puntocom desaparecieron cientos de compañías, pero Internet siguió transformando el mundo hasta convertirse en la infraestructura sobre la que hoy funcionan millones de negocios. Es muy probable que la inteligencia artificial recorra un camino parecido: algunas empresas caerán porque prometieron demasiado, mientras otras construirán los cimientos de la próxima generación de organizaciones.
Desde la perspectiva del emprendimiento, esta situación representa tanto un riesgo como una oportunidad. Resulta relativamente sencillo conseguir atención si un proyecto incluye las palabras “inteligencia artificial” en su presentación, pero esa atención será efímera si no existe una necesidad real detrás de la propuesta. Imaginemos una startup que desarrolla una plataforma para organizar viajes mediante IA. Puede generar titulares espectaculares, atraer curiosidad e incluso captar inversión inicial. Sin embargo, si los viajeros no perciben una ventaja clara respecto a las alternativas existentes, el entusiasmo desaparecerá tan rápido como llegó. Por eso la validación previa cobra todavía más importancia en un contexto de burbuja de la IA. Antes de dejarse llevar por el ruido mediático, conviene comprobar si el mercado está dispuesto a respaldar la idea. Esa filosofía, que forma parte del ADN de Ribele y también de mi trabajo de asesoramiento en Vanacco, seguirá siendo igual de valiosa independientemente de cuál sea la tecnología de moda en cada momento.
La revolución de la IA
Si la burbuja de la IA representa el exceso de expectativas que rodea a esta tecnología, la revolución de la IA representa exactamente lo contrario: el conjunto de cambios reales y profundos que ya están transformando la forma en que trabajamos, aprendemos, emprendemos y nos relacionamos con el conocimiento. Reducir la inteligencia artificial a una simple moda sería tan equivocado como pensar que Internet fue únicamente una forma más rápida de enviar correos electrónicos. La IA está modificando la economía porque reduce drásticamente el coste de acceder a capacidades que antes solo estaban al alcance de grandes organizaciones. Hoy una sola persona puede analizar mercados, crear campañas de marketing, desarrollar software, producir contenido audiovisual o diseñar estrategias empresariales con una velocidad impensable hace apenas unos años. No se trata únicamente de hacer las mismas tareas más deprisa, sino de ampliar enormemente lo que una persona o un pequeño equipo es capaz de conseguir.
Esta democratización de capacidades probablemente sea el cambio más importante de todos. Durante décadas, muchas ideas nunca llegaron a convertirse en empresas porque desarrollar un producto requería grandes inversiones, contratar equipos especializados o esperar meses antes de validar una hipótesis. La inteligencia artificial está eliminando muchas de esas barreras. Un emprendedor puede construir un prototipo funcional en pocos días, diseñar una identidad visual profesional, preparar una estrategia de lanzamiento, analizar a sus competidores y crear materiales comerciales prácticamente desde el primer momento. Esto no garantiza el éxito, pero sí multiplica las oportunidades de experimentar, aprender y corregir errores con una inversión mucho menor. Como consecuencia, veremos aparecer miles de nuevos proyectos impulsados por personas que hace solo unos años nunca habrían podido competir en igualdad de condiciones con empresas mucho más grandes.
Precisamente aquí aparece una enorme oportunidad para plataformas como Ribele y para metodologías de lanzamiento basadas en la validación. Si la inteligencia artificial hace cada vez más fácil construir productos, la ventaja competitiva dejará de estar en quién desarrolla más rápido una solución y pasará a estar en quién identifica antes un problema real. Imaginemos un emprendedor que utiliza IA para crear una herramienta que ayuda a comunidades de vecinos a reducir su consumo energético. Gracias a la inteligencia artificial puede tener el producto listo en pocas semanas, pero antes decide lanzar una campaña en Ribele para comprobar si los administradores de fincas, las comunidades y los propios vecinos consideran realmente útil la propuesta. Esa combinación entre velocidad tecnológica y validación de mercado representa, probablemente, una de las mayores oportunidades de negocio de la próxima década. La revolución de la IA no consiste únicamente en crear más rápido, sino en aprender más rápido.
¿Burbuja de la IA o revolución de la IA?
Llegados a este punto, la pregunta ya no parece tener una respuesta tan sencilla. Quienes afirman que vivimos una burbuja de la IA tienen argumentos sólidos: existe una enorme cantidad de inversión persiguiendo proyectos que todavía no han demostrado su rentabilidad, muchas empresas incorporan inteligencia artificial únicamente por miedo a quedarse atrás y abundan los discursos que prometen cambios inmediatos que difícilmente podrán materializarse en el corto plazo. Sin embargo, quienes defienden que estamos ante una revolución también tienen razón. Nunca antes una tecnología había puesto al alcance de millones de personas capacidades intelectuales que hasta hace poco requerían equipos completos de especialistas. La contradicción solo existe si pensamos que ambos conceptos son incompatibles.
La realidad es mucho más interesante. La historia demuestra que casi todas las grandes revoluciones tecnológicas han atravesado una fase de burbuja antes de consolidarse. Ocurrió con el ferrocarril, con la electricidad, con Internet y probablemente ocurrirá también con la inteligencia artificial. Durante esos periodos conviven empresas extraordinarias con proyectos que nunca deberían haber recibido financiación. Conviven soluciones que cambiarán industrias enteras con productos creados únicamente para aprovechar el entusiasmo del momento. Cuando la burbuja se desinfla, desaparece el ruido, pero permanece el verdadero valor generado por la tecnología. Por eso resulta un error intentar responder a la pregunta eligiendo una única opción. La inteligencia artificial puede estar viviendo una burbuja financiera y, al mismo tiempo, protagonizar una de las mayores revoluciones económicas y sociales de nuestra historia reciente.
Para cualquier emprendedor, esta conclusión tiene una consecuencia muy práctica. No conviene lanzar un proyecto porque “la IA está de moda”, pero tampoco tiene sentido ignorar una herramienta que puede multiplicar nuestra capacidad para innovar. Pensemos en un equipo que quiere desarrollar una plataforma educativa personalizada mediante inteligencia artificial. Si basa toda su estrategia en captar inversión aprovechando el entusiasmo del mercado, dependerá de una burbuja que tarde o temprano terminará corrigiéndose. En cambio, si utiliza la IA para construir un mejor producto, valida la propuesta con usuarios reales a través de Ribele y adapta continuamente el proyecto gracias al aprendizaje obtenido durante el lanzamiento, estará construyendo una empresa mucho más resistente. La diferencia no reside en utilizar inteligencia artificial o no hacerlo, sino en entender que la tecnología nunca sustituirá la necesidad de resolver problemas reales para personas reales.
Conclusión: Ni una cosa, ni la otra
El debate sobre la burbuja de la IA suele plantearse como si solo existieran dos posiciones posibles. Por un lado, quienes aseguran que la inteligencia artificial es una moda sobredimensionada que terminará desinflándose. Por otro, quienes afirman que estamos ante una tecnología capaz de resolver prácticamente cualquier problema. Sin embargo, ambas posturas simplifican una realidad mucho más compleja. La inteligencia artificial no es una solución mágica, pero tampoco un espejismo destinado a desaparecer. Como ocurrió con todas las grandes revoluciones tecnológicas, conviviremos durante años con expectativas exageradas, inversiones desproporcionadas, fracasos sonados y avances que cambiarán profundamente nuestra manera de vivir y trabajar. La cuestión nunca ha sido si la tecnología funcionará, sino cómo decidiremos utilizarla.
Quizá el mayor riesgo no sea que la inteligencia artificial sustituya a las personas, sino que las personas renunciemos a pensar estratégicamente porque confiamos demasiado en ella. Las empresas que sobrevivan no serán necesariamente las que más herramientas de IA compren, sino las que sepan rediseñar sus procesos, formar a sus equipos, validar continuamente sus ideas y mantener el foco en las necesidades de sus clientes. Del mismo modo, los emprendedores con más posibilidades de éxito no serán quienes añadan inteligencia artificial a cualquier producto, sino quienes descubran problemas importantes y utilicen la IA para resolverlos de una forma más eficaz, más rápida y más accesible. La tecnología multiplica nuestras capacidades, pero sigue siendo nuestra responsabilidad decidir hacia dónde queremos dirigirlas.
Después de más de una década ayudando a lanzar cientos de proyectos mediante crowdfunding, he aprendido que las tecnologías cambian constantemente, pero los principios que explican el éxito de una iniciativa permanecen sorprendentemente estables. Comprender a las personas, validar antes de construir, escuchar a la comunidad, aprender de los errores y adaptar el proyecto al mercado siguen siendo factores mucho más determinantes que cualquier herramienta. La inteligencia artificial acelerará todos esos procesos y abrirá oportunidades extraordinarias para quienes sepan aprovecharlas, pero también castigará con mayor rapidez a quienes confundan velocidad con estrategia. Por eso, cuando alguien me pregunta si vivimos una burbuja de la IA o una revolución de la IA, mi respuesta siempre es la misma: estamos viviendo ambas cosas al mismo tiempo. La burbuja acabará pasando, como pasó con tantas otras tecnologías. La revolución, en cambio, apenas acaba de comenzar.
Qué podréis encontrar en el vídeo tutorial
- La burbuja de la IA existe, pero eso no significa que la IA no sirva.
- Si tienes problemas con la IA examina el factor humano, no solo la IA.
- La formación, la experiencia y el buen criterio humano siguen importando.
Otros enlaces interesantes del vídeo
- Tu empresa no está lista para la IA en Suma Positiva.
- Inteligencia Artificial en Wikipedia.
- Google Next Wave Fund.
- Los proyectos seleccionados de momento.
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